
Hoy día, en Puerto Rico, la palabra «caserío» no solo tiene un significado, sino que viene acompañada de muchas connotaciones, en su mayoría negativas. Técnicamente, un caserío puertorriqueño es un conjunto de edificios de apartamentos subsidiados por el gobierno y destinado a personas de pocos recursos. Así lo define el Diccionario de americanismos.
No obstante, socialmente, el caserío es percibido como un lugar de violencia, pobreza y estancamiento, pero esto no surge de la nada, sino que esta percepción tiene una larga historia, que hoy discutiremos brevemente.
A inicios del siglo pasado, los arrabales estaban creciendo en la isla a pasos agigantados, especialmente en la zona de San Juan. La emigración que vemos hoy de puertorriqueños hacia Estados Unidos en busca de progreso social y económico, se daba en aquellas épocas, dentro de la isla, de los campos a las ciudades.
Los jíbaros campesinos llebagan a la ciudad, y terminaban viviendo en el famoso arrabal, sin agua potable ni electricidad, con casas levantadas en zocos para que no tocaran el mangle o el humedal de abajo, y con enfermedades que florecían en estas condiciones de sobrepoblación y aguas contaminadas.
Fue este ambiente el que abrió paso a los caseríos, que se presentaron en el 1940 como la solución milagrosa a todos los males de pobreza e insalubridad.
Por supuesto, las opiniones sobre las verdaderas razones de eliminar los arrabales son mixtas; mientras unos apuestan a las buenas intenciones del gobierno para mejorar la calidad de vida de los puertorriqueños, otros aseguran que se trató meramente de una estrategia para embellecer la ciudad y que fuera más apta para el turismo de estadounidenses.
Lo cierto es que se presentaron los caseríos como la solución idónea para esas familias que vivían en extrema pobreza. Tendrían patios, zonas comunales, casas con baños y cocinas, electricidad, agua potable, en fin, todo lo necesario para una vida digna.
No obstante, por un sinnúmero de factores, los caseríos muy pronto dejaron de percibirse como «villas de Disney», y pasaron a ser el próximo foco de menosprecios y estereotipos, pero ese ya es tema para otro experto.
Mientras tanto, aquí les comparto este documental, recopilado por el Archivo de Medios Audiovisuales de la Universidad de Puerto Rico, en donde se documentan los traslados del arrabal al caserío, y cómo el gobierno impulsaba esta propuesta.
Origen del término
Lo que sí podemos discutir aquí más a fondo es el origen del término «caserío» como lo utilizamos en la isla.
El término «caserío» nos llega del español general, ya que en España existe esta palabra, pero para un concepto casi opuesto al de Puerto Rico.
Allá, un caserío es el conjunto de casas de un pueblo o ciudad. Además, se asocia el vocablo, especialmente en la zona norte, con una casona grande, de piedra y madera, en la zona rural, donde convivían familias y animales, y que ahora, en muchos casos, son centros turísticos y de estadías.

Imagen recopilada de: Idealista.com
Ya que el gobierno de Puerto Rico en los 40 y 50 estaba, precisamente, promoviendo la idea de un conjunto de casas en la ciudad para ubicar a las familias, utilizaron el término caserío, e incluso la Autoridad sobre Hogares de Puerto Rico publicó una revista con ese título por años.

Imagen recopilada por el Prof. Javier Almeyda-Loucil aquí.
Ya, bajo la administración del gobernador Luis A. Ferré se documenta la imagen negativa que tenían los caseríos, razón por la cual el gobierno comenzó a llamarles estratégicamente «urbanizaciones de renta mínima» o «jardines residenciales».
Solo en Puerto Rico se registra el uso de esta palabra para nombrar estos complejos de vivienda subsidiada, y es un término que carga consigo mucha de la historia social y económica del Puerto Rico de hoy y de ayer.
